NO VOLVER
Voy tragando
soledad en compañía
del ruido
infame de los recuerdos
que me persigue y traspasa en las calles
como un
holograma hecho de cosas
innombrables
al contacto con mi voz.
Puñados de soledad
caen enroscados a la lluvia helada,
desde una
mano parecida al cielo estéril,
sobre cuerpos
como el mío encontrándose
y
estorbándose de esquina a esquina;
rectas donde
converge la confusa ilusión óptica
que ofrecen encerrados
en una proximidad baladí,
mientras un
semáforo impaciente renueva
el esfuerzo
por dividirlos en apenas ropajes visibles.
Y yo, ahí,
detenido, atento al desenlace del olvido,
cuajando aquellas formas encimadas por el viento.
Otras veces,
mientras desollo la piel de la noche,
la soledad
me ha tragado a mí, en compañía de nada parecido
a tus ojos tras
el espejo cuando tomaban mi puesto
y removían las
cenizas de cada pulmón,
que llevan no
pocos años aspirando ocasos,
empuñando
los planos de un rostro
incluso desde
las platinadas y monótonas nubes de invierno,
negociando en
mi nombre la retirada de una
y otra pupila,
que insisten en cavar su tumba,
buscando la
fosa común de la vida,
cuyo tajo abierto
palpita invisible bajo los resumideros,
antes de
cruzar la última calle
donde
culmina el deambular bajo la neblina de mis pasos.
Ay, ¡y es
que otras tantas veces!, hacia el fondo
del vaso,
besando la espuma de la cerveza, me busca
hasta suplantar
el respaldo de la silla; encerrado
entre
paredes mece mis ojos abiertos,
esparce su
letanía de silencios, su esperma de brazos cansados,
y funde su aliento
de palabras desdentadas con el fulgor
de una
lágrima huidiza. Rendido, acepto su invitación
para recibir
la promesa inútil del alba, en tanto
me permita
ensayar mi estreno final quedándose dormida
a los pies
de la cama.