*
Sólo quería saborear
el olor de la muerte
pasar mi lengua rasposa
en los gráciles recovecos de su umbral, allende, dicen, los
cementerios
No estaba pronosticado que abrieran la puerta
para inducirme muy cortestemente
tomándome del cuello, empujándome, presionando el gatillo
a ingresar enfrentando de inmediato
el costo de una inopia
cuya sanción ejemplar es hacer valer aquella frase
alusiva al pobre gato muerto
después de increparme una y otra vez
por exceder la curiosidad estipulada.
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