10 de octubre de 2019


28, Septiembre, 2014



Podría quedarme horas, días, semanas enteras
parado aquí, en este lugar que no me conoce,
mirando, en fin, nada sobre nadie,
mecido en esta corriente de pensamientos etéreos,
destinados a desenredar saudades
o encargar pesquisas a la vida que hiede
en lontananza, mientras desfilan por el costado
sombras correteando cuerpos azorados.
Aquí, sin tomar un solo libro durante no sé cuántos días,
ni familiarizarme con ningún sonido interior.
Tan solo que el universo desespera reclamando
la inmediata compañía de mi voz, cuando contempla el silencio
que resume mi última contestación; así, imagínate,
que ni existir duele.

Quizá pueda ser lo que se eleva, ignoto,
desde aquello que parece luz, barro y tiempo,
si procuro abrazarme del aire cuando no me toca
y redacto las leyes de la mirada absorta
en la transición que separa lo interno de lo externo.

Todo, no sé cómo, sin hacer o decir nada:
se trata de captar cómo el retiro de algo que soy yo
se eleva por entre los ojos de quien vislumbra
lo que se encuentra en la recepción del ocaso
a la espera de comenzar su gran entrevista con la Nada.

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