*
Las mujeres están destinadas a vomitarse
con ayuda de dos dedos ajenos,
dedos rotundos
delgados
largos,
capaces de encauzar
el llanto de un hombre desahuciado
por un amor ausente en las entrañas.
La garganta yace inflamada
por causa de los forzados intentos
de evacuar el primer
mechón de cabello limpio y perfumado;
y la sangre, desperdigada
sobre un pañuelo sepultado,
oficia las señales inexpugnables
de aquel cuerpo inalcanzable en la náusea.
El amor es una vergüenza
–este poema,
también–,
de otra forma no habría explicación
para solicitar limosnas
e inclinar el íngrimo pudor de nuestro cuello
ante los pies de cada prójimo
que nos ofrezca sus bríos
para así extirpar
los sollozos alojados
detrás de cada torpe palabra
esbozándose en esta barra ensangrentada
por habérsete derramado tu séptimo vaso.
Ningún amor caerá desde aquella delgada tela
que cuelga de tu boca
y divide el arrepentimiento consciente
del
a-rre-pen-ti-miento.
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