7 de septiembre de 2016

07, 09, 2016

(Gracias Matthew Cooper & Eluvium)




Que sea:
ese minuto de asco extremo
en que ya no pueda abrazar
la luz temblorosa del infierno
–y las cuencas de mis ojos
escupan latidos de esperma–
el instante preciso para tragar
todo el vómito esparcido
antes que esta cascada pestífera
termine ocultando el umbral.

(La noche esboza un cadáver añejo
mientras la puerta resuena
como si el accidentado prófugo
huyera de una sentencia de vida.

Mañanas que serán una aurora gris
bajo la fila superpuesta de hoy:
horas inagotables que aún
no consigo prendar sobre mí.)

Y que no sea:
la desgracia de seguir muriendo
dividido por el sol encima de mi pecho;
las millones de partículas
empujando al silencio exánime de cielos
cuyo gravamen ha sido la tierra.

Algún día despacharé la noticia:
la respiración enterándose
cuan fatigado me encuentro de ella.
Luego el pecho estertóreo los álamos discretos,
el mar estridente y la pupila sin luz
acusando la réplica.


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