Yo no soy un poeta. Sí, escribo poesía
pero no soy un poeta. Podría responder solamente, a la pregunta de quién mierda
soy a este respecto, que “soy un tipo que escribe poemas, mas no un poeta;
aparte, lo hago de vez en cuando”. Dicho sea de paso detesto a los poetas,
sobre todo a los poetas jóvenes que encomiendan sus estaciones emocionales y
reverberaciones interiores al entramado muchas veces insuficiente del verso y,
estúpida, sobreactuada y exhibicionistamente, vacían el personaje que arrastran
sobre los estereotipos demarcados por esta idea. Aquéllos que no dejan pasar una oportunidad sin hablarnos de lo que escriben, lo cual, empeora aún más, cuando
aparecen autovalidados por algún libro en circulación, de modo que la
autoreferencia queda modificada por la ominosa aclaración reproducida en las
palabras “mi obra”; hablo de quienes viven, asimismo, tremendamente preocupados
por los juicios ajenos acerca de su mentada obra y anhelan impúdicamente el
reconocimiento sectorial o masivo. Incluso, como me sucede con otros sonidos,
el sólo hecho de pronunciar con la voz la palabra “poeta” me causa una
repulsión instintiva inmediata.
Por consiguiente,
en relación a lo antes dicho, no voy a ningún evento de carácter literario: no
hay recital poético, encuentro de escritores o firma de libros de algún
reconocido, parcial o completamente, hombrecito de las letras, que no impugne
convencido de su repugnancia, pues allí sólo hacen gala, como en ningún otro
sitio, los egos, pretensiones, zalamerías y complacencias mutuas, reptando
babosamente por tomarse de las manos en un desfile de vanidades soterradas, a
la par que se incrementan, resultando todo un éxito la estrategia ladina, los
intereses económicos de las editoriales. En resumen, me sirvo de la literatura
pero me desligo rotundamente de quienes la producen y reproducen
obstinadamente. Esto, sin embargo, no me ocurre particularmente con los autores
viejos, de más edad, en especial con esos que, apretujados en mi humilde
librero, yacen vivos únicamente mediante sus palabras… También existen
viejecillos que aún porfían en respirar, cuyo hálito de vida, al menos, es
tremendamente modesto y apacible. Aunque, como siempre, son los menos. Y para
colmo de males, tampoco es que algún día llegue a conocerlos. Personalmente, y
meditándolo mejor, creo que no hay que conocer jamás a los escritores que
uno admira, de lo contrario desparece la magia de relacionar, indisociando,
obra con autor, creyendo estrictamente que un escritor es lo que escribe y
vinculando sus recovecos mentales con ideas grandes y profundas; y muchas veces
no sólo vinculando, también exigiendo de él este paradigma en sus
intervenciones. La realidad de la literatura puede ser tan prosaica y engañosa
como la realidad común y corriente, así que para no encontrarse con desengaños
intuidos mejor comprar los libros a varios kilómetros de distancia de quienes
los escribieron.
La pregunta,
cuya respuesta porta la última aclaración, es necesaria: ¿de qué me sirve la literatura
entonces? Pues exclusivamente para evadirme del tiempo y su asediante
transcurrir, cuyo paralelismo poético, en vista de cuanto impulsó mis palabras
en esta ocasión, encuentra un eco bien definido por aquel abofeteador autor
inglés radicado en España, Roger Wolfe, el cual comparando al tiempo en uno de
sus poemas con “una bomba que no acaba de estallar”, dio exactamente en
el clavo.
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