18 de agosto de 2015

Yo no soy un poeta. Sí, escribo poesía pero no soy un poeta. Podría responder solamente, a la pregunta de quién mierda soy a este respecto, que “soy un tipo que escribe poemas, mas no un poeta; aparte, lo hago de vez en cuando”. Dicho sea de paso detesto a los poetas, sobre todo a los poetas jóvenes que encomiendan sus estaciones emocionales y reverberaciones interiores al entramado muchas veces insuficiente del verso y, estúpida, sobreactuada y exhibicionistamente, vacían el personaje que arrastran sobre los estereotipos demarcados por esta idea. Aquéllos que no dejan pasar una oportunidad sin hablarnos de lo que escriben, lo cual, empeora aún más, cuando aparecen autovalidados por algún libro en circulación, de modo que la autoreferencia queda modificada por la ominosa aclaración reproducida en las palabras “mi obra”; hablo de quienes viven, asimismo, tremendamente preocupados por los juicios ajenos acerca de su mentada obra y anhelan impúdicamente el reconocimiento sectorial o masivo. Incluso, como me sucede con otros sonidos, el sólo hecho de pronunciar con la voz la palabra “poeta” me causa una repulsión instintiva inmediata.

Por consiguiente, en relación a lo antes dicho, no voy a ningún evento de carácter literario: no hay recital poético, encuentro de escritores o firma de libros de algún reconocido, parcial o completamente, hombrecito de las letras, que no impugne convencido de su repugnancia, pues allí sólo hacen gala, como en ningún otro sitio, los egos, pretensiones, zalamerías y complacencias mutuas, reptando babosamente por tomarse de las manos en un desfile de vanidades soterradas, a la par que se incrementan, resultando todo un éxito la estrategia ladina, los intereses económicos de las editoriales. En resumen, me sirvo de la literatura pero me desligo rotundamente de quienes la producen y reproducen obstinadamente. Esto, sin embargo, no me ocurre particularmente con los autores viejos, de más edad, en especial con esos que, apretujados en mi humilde librero, yacen vivos únicamente mediante sus palabras… También existen viejecillos que aún porfían en respirar, cuyo hálito de vida, al menos, es tremendamente modesto y apacible. Aunque, como siempre, son los menos. Y para colmo de males, tampoco es que algún día llegue a conocerlos. Personalmente, y meditándolo mejor, creo que no hay que conocer jamás a los escritores que uno admira, de lo contrario desparece la magia de relacionar, indisociando, obra con autor, creyendo estrictamente que un escritor es lo que escribe y vinculando sus recovecos mentales con ideas grandes y profundas; y muchas veces no sólo vinculando, también exigiendo de él este paradigma en sus intervenciones. La realidad de la literatura puede ser tan prosaica y engañosa como la realidad común y corriente, así que para no encontrarse con desengaños intuidos mejor comprar los libros a varios kilómetros de distancia de quienes los escribieron.

La pregunta, cuya respuesta porta la última aclaración, es necesaria: ¿de qué me sirve la literatura entonces? Pues exclusivamente para evadirme del tiempo y su asediante transcurrir, cuyo paralelismo poético, en vista de cuanto impulsó mis palabras en esta ocasión, encuentra un eco bien definido por aquel abofeteador autor inglés radicado en España, Roger Wolfe, el cual comparando al tiempo en uno de sus poemas con “una bomba que no acaba de estallar”, dio exactamente en el clavo. 

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