9 de agosto de 2015

Tragas tu cólera a sorbos largos, cuidando de morder consternado la lengua y que así, ahogante, la sangre aderece este veneno extraído de todos los instantes. Litros y litros llenando las horas malditas que se desploman sobre la tierra tísica, abriendo un socavón de fuego bajo la suela derretida y suplicante. La carne, rígida y alerta, oprime los pulmones y el corazón; escurre por los órganos un líquido nauseabundo como secuela interminable, en cuyo hedor gelatinoso se colma la vida. Los miembros caídos y laxos protegen inútilmente una mirilla por donde el hado escruta el interior anegado. Escruta implacable –o así lo sienten tus entrañas–, penetrante, los rincones deshabitados por el aire matutino. ¿Aire matutino? ¡Por el pescuezo sólo ingresa a empujones la tierra seca de la nostalgia! Y después –resignado ante el resultado predecible y harapiento– ¡no hay nada! ¡Absolutamente nada detrás de aquellos ojos aplastados por la mano que los extirpa! El odio, una vez decreta el fin de la paz, y en su afán de coronarse protagonista de tu agitación irresistible, arrasa consigo mismo en una conjura silente declarada en los ángulos de un espejo vaporoso que expulsa la mirada de los objetos y paraliza la luz cuando el filo de los colores remata despedazado, repartido e inubicable en una huella consumida mientras despide, por última vez, una insoportable densidad pestilente impregnada en los gestos, la cual, oscilando en las venas, inhalas con mayor profundidad cuando la respiración justifica la existencia.

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