*
Ya sé que el
vaso
–o lo queda de
él–
lleva muchos
años desfondado
en la misma
esquina.
Prometo quitar
de noche las esquirlas
con el pie
descalzo.
No hay necesidad de llorar
–me digo, inventándome un consuelo–
sobre lo que
parece
leche
derramada:
esta simple
mancha,
que alguna vez
fue polvo,
hoy está agria y vencida.
Pero, lo sé muy bien, ahora aquellas manos
torpes, las mismas
que nunca
sabrán escribir
ni acorralar
entre los dedos
un solo
fragmento invisible
sin dejar de
sangrar,
agotaron el
vidrio cóncavo
detrás de la mampara
y conocen únicamente el sabor del agua salada
acumulada en
las palmas.
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