24 de diciembre de 2017


*



Ya sé que el vaso
–o lo queda de él–
lleva muchos años desfondado
en la misma esquina.
Prometo quitar de noche las esquirlas
con el pie descalzo.
No hay necesidad de llorar
–me digo, inventándome un consuelo–
sobre lo que parece
leche derramada:
esta simple mancha,
que alguna vez fue polvo,
hoy está agria y vencida.
Pero, lo sé muy bien, ahora aquellas manos
torpes, las mismas
que nunca sabrán escribir
ni acorralar entre los dedos
un solo fragmento invisible
sin dejar de sangrar,
agotaron el vidrio cóncavo
detrás de la mampara
y conocen únicamente el sabor del agua salada
acumulada en las palmas. 


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