Ya está, hombre:
se mató, y no hay nada más
que podamos hacer.
Supongo que nuestras
peroratas hallarán después
una explicación legítima,
porque al cadáver
–todos debieran saberlo–
le queda estrictamente prohibido
emitir intervención alguna
sobre el porvenir
de su pestífera inercia.
Quedan proscritas, además,
todas las declaraciones
solicitadas por el ulular
de su cabeza machacada
y las acotaciones
impertinentes esbozándose
entre lágrimas vertidas.
Ni los ecos
del transeúnte pálido
estremecido por el prorrumpir
del salto
merecen dársele atención.
Saca de tu mente la irrupción
de la suya ya apagada,
ningún alarido insonoro
vendrá presumiéndose
como antecedente confiable.
No hay pistas
ni secretos transferibles
por medio del silencio
que gobierna el espíritu.
Sólo nos queda decir,
resignados:
un suicidio más
que no podrá evitarse.
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