5 de noviembre de 2017

12, Enero, 2014




Ya está, hombre:
se mató, y no hay nada más 
que podamos hacer.
Supongo que nuestras
peroratas hallarán después
una explicación legítima,
porque al cadáver
–todos debieran saberlo–
le queda estrictamente prohibido 
emitir intervención alguna 
sobre el porvenir
de su pestífera inercia.
Quedan proscritas, además,
todas las declaraciones 
solicitadas por el ulular
de su cabeza machacada 
y las acotaciones
impertinentes esbozándose 
entre lágrimas vertidas.
Ni los ecos 
del transeúnte pálido 
estremecido por el prorrumpir 
del salto 
merecen dársele atención.
Saca de tu mente la irrupción
de la suya ya apagada,
ningún alarido insonoro 
vendrá presumiéndose 
como antecedente confiable. 
No hay pistas 
ni secretos transferibles 
por medio del silencio
que gobierna el espíritu.
Sólo nos queda decir, 
resignados:
un suicidio más
que no podrá evitarse.

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