Tengo
una infinidad de títulos de poemas emergiendo y descomponiéndose en mi cabeza,
cuyo desarrollo en la página, por suerte, sé muy bien que jamás escribiré; eso,
la verdad, queda para los decididos, sea o no esta disposición de ánimo que
muestran aquellos hombres y mujeres de acción, un aplazamiento inútil del mismo
resultado exiguo. Lo que sí tengo como resultado externo, en cambio, son
incontables derrotas reunidas con los años y reproducidas en los más mínimos
gestos cotidianos. Una de ellas, por ejemplo, es escribir poesía; porque
escribir poesía es fracasar de formas diversas en el tiempo bajo el cercado de
una misma labor. Una de estas formas, y que a su vez tutela o perpetua el
fracaso por excelencia, es la palabra.
Pienso
que un poeta no debería publicar un solo poema en su vida, o al menos, como lo
hizo Kavafis, demorar años en la composición final de un poema. La poesía
trabaja con la vida como leitmotiv, se hunde en sus entresijos, destila su
humedad interminable, deambula por sus recovecos laberínticos…, dotando la
común y corriente regularidad de los días que la componen, en mayor parte
pedestre e insulsa, e incluyendo a los hombres que porfían en llenarlos, de un
lenitivo difícil de explicar o definir. ¿Cómo poder presentar entonces un poema
concluido, si aquello que lo inspira no se detiene o finaliza en su marcha
fatal sino sólo cuando la muerte lo abraza? ¿Acaso el único poema realmente
digno de escribirse, es aquel que expulsa en nosotros la muerte antes de arrebatarnos?
El punto final de los poemas debería ser escrito por los últimos días de
nuestras vidas y sólo ahí ver la luz; y no sólo por los últimos días, sino
también por las últimas horas, los últimos minutos, los últimos segundos...
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