3 de febrero de 2016

Tengo una infinidad de títulos de poemas emergiendo y descomponiéndose en mi cabeza, cuyo desarrollo en la página, por suerte, sé muy bien que jamás escribiré; eso, la verdad, queda para los decididos, sea o no esta disposición de ánimo que muestran aquellos hombres y mujeres de acción, un aplazamiento inútil del mismo resultado exiguo. Lo que sí tengo como resultado externo, en cambio, son incontables derrotas reunidas con los años y reproducidas en los más mínimos gestos cotidianos. Una de ellas, por ejemplo, es escribir poesía; porque escribir poesía es fracasar de formas diversas en el tiempo bajo el cercado de una misma labor. Una de estas formas, y que a su vez tutela o perpetua el fracaso por excelencia, es la palabra.

Pienso que un poeta no debería publicar un solo poema en su vida, o al menos, como lo hizo Kavafis, demorar años en la composición final de un poema. La poesía trabaja con la vida como leitmotiv, se hunde en sus entresijos, destila su humedad interminable, deambula por sus recovecos laberínticos…, dotando la común y corriente regularidad de los días que la componen, en mayor parte pedestre e insulsa, e incluyendo a los hombres que porfían en llenarlos, de un lenitivo difícil de explicar o definir. ¿Cómo poder presentar entonces un poema concluido, si aquello que lo inspira no se detiene o finaliza en su marcha fatal sino sólo cuando la muerte lo abraza? ¿Acaso el único poema realmente digno de escribirse, es aquel que expulsa en nosotros la muerte antes de arrebatarnos? El punto final de los poemas debería ser escrito por los últimos días de nuestras vidas y sólo ahí ver la luz; y no sólo por los últimos días, sino también por las últimas horas, los últimos minutos, los últimos segundos...

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