En el fondo, el
amor romántico no es más que una negociación para sortear los padecimientos
contraídos por la rutina. Pero la tendencia a buscar contacto afectivo con el
sexo opuesto, desencadenando el torrente de emociones aturdidas que esa
compulsión avizora y comporta, también resulta tediosa y rutinaria cuando los
horrores edulcorados por un sentimiento aparencialmente unificado sean
desenmascarados a causa de la esencia de nuestro maldito yo, el cual no tardará
en recordarnos que él es por sobre todo distanciamiento y disolución; no hay
besos, voces, presencias, actitudes ni pensamientos capaces de revertir el
inexorable curso del vacío que más evidente se aprecia conforme más se porfía
en dilatarse. Las palabras caen, las promesas retornan a su bóveda de ilusiones
inútiles, las caricias enfrían el contorno de las manos, las ideas enmudecen y
se estrellan frente a la pared, la mirada repulsa la imagen que ingresa en
retazos por la retina... Hasta el amor más profunda que pueda inspirarnos
"ese ser" está sujeto a la degradación de los espacios en donde
irrumpen sus interacciones.
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