22 de octubre de 2015

En el fondo, el amor romántico no es más que una negociación para sortear los padecimientos contraídos por la rutina. Pero la tendencia a buscar contacto afectivo con el sexo opuesto, desencadenando el torrente de emociones aturdidas que esa compulsión avizora y comporta, también resulta tediosa y rutinaria cuando los horrores edulcorados por un sentimiento aparencialmente unificado sean desenmascarados a causa de la esencia de nuestro maldito yo, el cual no tardará en recordarnos que él es por sobre todo distanciamiento y disolución; no hay besos, voces, presencias, actitudes ni pensamientos capaces de revertir el inexorable curso del vacío que más evidente se aprecia conforme más se porfía en dilatarse. Las palabras caen, las promesas retornan a su bóveda de ilusiones inútiles, las caricias enfrían el contorno de las manos, las ideas enmudecen y se estrellan frente a la pared, la mirada repulsa la imagen que ingresa en retazos por la retina... Hasta el amor más profunda que pueda inspirarnos "ese ser" está sujeto a la degradación de los espacios en donde irrumpen sus interacciones.

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