LA
ÚNICA IDEA IMPOSIBLE DE IMAGINAR
No
es la primera vez que sucede –ni será la última, por cierto.
Nunca
ha sido suficiente con subir el volumen del televisor;
la
oración baladí, en aquella película nocturna, excusa terminal del sopor,
surge
como un presentimiento inconfundible.
Tampoco
fue posible hallar concilio unilateral en la música;
bastó
una nota perfecta y asomaba su incógnita una helada nariz.
El
puesto natural es el vértigo, comenta el alcohol,
hirsuto
antes y después de ingresado este segundo fugaz cuya presencia
circula
justo frente tuyo, perdiéndose bajo su propia estela,
sin
que pueda notarlo, pues ahora está convertido
en
la embestida del próximo en la fila, su nuevo e impaciente traductor.
En
algún lugar de la muerte estamos apostados:
un
día te encuentras enjuagando los platos sucios del tiempo raído,
y
de pronto, a deshoras, alarmado pero inmóvil,
inhalaste
en la ventana un soplido de aire
que
empuja tu cuerpo colándole entre dos segundos anónimos.
Y
te dejas empujar o te pierdes a ti mismo.
Un
día no haces nada ni esperas absolutamente nada
cuando
ocurre el milagro:
el
lado oscuro del ojo toma tu lugar en las corneas.
El
aire se abre a la blancura del vacío, sufres el peso que muge; te llama:
entornas
la boca; lo recibes. Es de noche. La habitación
nunca
tuvo ventanas. Los platos en el piso, hace minutos quebrados,
no
recordarás cómo soltaron tu mano
ni
encontrarás en la palabra el sonido que indique tu descuido:
la
quebrazón sólo es real en tu mente.
Ningún
viento sacude tus huesos;
el
vientre yace tibio, cálido, despejado.
De
un salto estás nuevamente donde te abandonó el miedo.
Lo
sigues con la mirada repuesta, normal,
lo
crees sobre aquello que va perdiéndose impreciso en la memoria.
¿Qué
te hizo suponer que sube y baja una misma escalera,
donde
algún lugar espera por él trasponiendo tu inventado umbral?
Nunca
estuviste muerto; la imaginación fracasa de nuevo y tal vez
no
queden más lugares en el mundo para distinguir la tumba de la mente.
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