SÍ, PASÓ
El arroyo que fluye fuera
del tiempo
es del tiempo fluir;
las hojas del vetusto
roble
parecen hombres que caen
presas del viento
crepuscular
sobre su impasible
corriente
y viajan irredentos
por la disposición
caprichosa
de la quebrada
para ir a dar a inciertos
ríos
destinados al mismo mar.
De tanto avanzar esta agua
inestimable
por trazos invisibles
que delinean su infinito
irse,
se forman grietas
cediendo al vals
ininterrumpido
que, incansable, parece
detenerse
en medio del compás de una
música
que acompaña desde
siempre;
Nadie la escucha, es
cierto,
o quizás sólo a ratos
consigue oírse algo,
salvo, desde luego,
aquélla siempre atenta a
sí misma,
como el sonido que sólo
capta
quien lo hace posible,
cuyas notas unidas
a su tímpano interior
se consagran en la armonía
del devenir implacable.
En alguna ladera repleta
de hojas huérfanas
alguien ha sido talado,
mas a ras del arroyo ajeno
e inviolable
susurra un vapor matinal
encargado de vengar el
desaire
sufrido por la corriente:
"Siempre vigila tus
raíces;
y aunque antes que nada
eso sí
quieras oír y reconozcan
tus sollozos
cuán imposible es que no
te importe,
tú nunca le importarás.
Una vez más has olvidado
lo único que no debías descuidar:
el arroyo solamente
fluye".
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