18 de febrero de 2015

Primer “…”


En donde anida la muerte
esta carne parece invisible.
¿No será el alma que aún destila sangre?
Triste rutina cerebral.
Golpeas molesto el costado de tu frente, dispuesto
a comentar las noticias del pasado,
sacudir las piedras afiladas y atacar hambriento los recuerdos
para silbar repleto de nostalgia en su infranqueable carroña.
El precio más alto de la vida es vivir
y siempre cumples con tu deuda desprovisto de un rostro,
el acreedor lo escupe mucho antes de cerrar la puerta.
Mal tiempo para quedar limpio.
La muerte puede ser un nuevo comienzo.
Cada día cada noche cada segundo de espera…
Las canciones repartidas en la semana
hablan de disolución,
el barro se hunde en las orejas.
La displicencia del futuro
cuando aprendes la lección con sangre que chorrea
de un trapo colgado en un desván.
El globo ocular que no atrapa la luz.
La ciudad que no proyecta movimiento.
Mucho alcohol sin embargo te arde sobre los ojos.
Todo se ha ido, salvo tu presencia inadvertida.
Sigamos a la espera de un ventarrón
que no deje nada en pie,
que se lleve cualquier vestigio,
incluido el parapléjico que, a lo lejos, intenta erguirse.
Pero es la demora quien cumple la tarea de arrasar:
la playa está desierta.
Retribuyes el ejemplo enseñado por el gusano al hombre
arrastrándote sin dificultad por los roqueríos.
La mucosidad dejada tras de sí el agua fría
se encarga de eliminar para siempre.
Mar adentro las estrellas no saldrán de noche
y desde el fondo del infierno una sonrisa fingida se dibuja.
Las piedras impolutas la marea abrasadora 
el océano en calma por fin te acoge en una partícula de arena…

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