Como el primer libro que compré de Emil M. Cioran hace varios a años atrás fue "El ocaso del pensamiento", iniciándose así mi relación inextirpable con su obra, he aquí esta especie de homenaje inverso a ese viejo maldito para agradecerle, mientras chapotea en la Nada antes que me dirija a acompañarle con mi propio chapoteo sempiterno entre aquella invisibilidad compartida, por tantas bofetadas proferidas directo a la cara de nuestra aturdida condición.
Ya las primeras palabras de su libro anunciaron lo que más tarde conformaría una obra cuyo golpe al interior de mis pensamientos supuso una conmoción vital (golpe del cual nunca me repondré) y, por otro lado, un particular bálsamo frente a la poquedad de la vida:
«Uno puede decir con toda tranquilidad que el universo no tiene ningún sentido. Nadie se enfadará. Pero si se afirma lo mismo de un sujeto cualquiera, este protestará e incluso hará todo lo posible para que quien hizo esa afirmación no quede impune.
Así somos todos: nos exoneramos de toda culpa cuando se trata de un principio general y no nos avergonzamos de quedarnos reducidos a una excepción. Si el universo no tiene ningún sentido, ¿habremos librado a alguien de la maldición de ese castigo?
Todo el secreto de la vida se reduce a esto: no tiene sentido, pero todos y cada uno de nosotros le encontramos uno.»

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