22, 10, 2016
Quiero morir, dentro mío,
con el peso de toneladas
de odio;
reseco, despellejado por la tristeza,
y baldío –sin
apenas una brisa
que mueva las
telarañas de mi alma
o sobresalte el
polvo de mi carne –
entre la vaciedad de
la vida.
Tragar la soledad desde todos los asilos,
los puentes, los
gorilas, los rincones
añosos del alma,
cuando no consiga, retorciendo la
conciencia
hasta afiebrarme sobre los engranajes
del pasado, presentar una mueca precisa
hasta afiebrarme sobre los engranajes
del pasado, presentar una mueca precisa
ante el cielo
invisible.
Que no hayan servido para nada
todas las innumerables
tardes
en que sólo un desolador presagio
me atacaba:
respirar.
Y ante todo decir –no
sin antes degustar
el sabor cutre de mi palabrería inútil–:
Nada, ni la música,
ni las horas, ni el amor de nadie,
ni aprender a latigazos de desencanto,
antes que de una vocal,
tuvo sentido. Muero sin una pizca de paz.
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