29 de junio de 2016

25-06-2016


Es fácil solamente decirlo:
“Escribir un poema”.
Pero, ¡cómo demonios 
se escribe un poema!
¿Acaso sabe alguien lo difícil que resulta
terminar uno 
y no desear mañana
–o en dos o más días–, resignado, 
hastiado y desecho,
borrarlo todo, cambiarlo todo,
instalar una bomba de silencio en su lugar
y que el olvido haga el resto.

Un poema, comenzar tan un solo a escribir poema,
y prometer, más bien, juramentarse acabarlo, 
es una cosa para empezar complicada.
Pero un buen poema, 
ese que complazca al dios del ego
y te prometa en segundos el paraíso,
algo así como sentir que naciste
con un propósito en la vida,
aunque el suicidio, después, corrija
el traspié y recobre su exclusividad,
es algo de lleno imposible.
Para empezar, ¿qué decir?
¿A quién decirlo? ¿Para qué decirlo?
¿Por qué decirlo?
Es más, ¿decir esto y no aquello?
Más tarde, nuevos escollos:
¿Dónde ubicar la coma?
¿Dónde estabilizar cada convulsión
con el necesario punto seguido?
¿Dónde separar la estrofa?
¿Qué palabra la indicada?
¿Qué desgraciado verso componer con ella,
y en qué lugar, en este remolino repleto
de escombros que es tu alma, ubicarlo?
¿Y cuándo, finalmente, desatar de nuevo la mordaza
y darle un punto final, esta vez sí que sí,
a esta cascada de vómito
oponiéndose a un caudal
en sentido contrario?

Mejor apago esta muleta electrónica
que sustituye lápiz y papel.
Fumo otro cigarrillo sin pensarlo más:
arranco unas cuantas hojas de un cuaderno
y me echo al bolsillo el primer lápiz real que encuentro.
Abro la puerta, cruzo el antejardín, desesperado, 
confuso, y corro hacia el primer paradero
con destino a ninguna parte.
Me siento en lo que mis ojos y tacto
parecen reconocer como tierra firme, lo importante aquí
es que mi sombra me pierda de vista; 
arriba el sol es compasivo
y me calienta la piel, sirviendo de bracero
al frío de la vida frotándose las manos dentro mío.
No sé cómo sucede, pero en un instante
algo comienzo a sentir:
el cielo parece transparente
y sin embargo desde él comienzan
a caer finas, penetrantes, 
cada una,
las palabras que siempre busqué
y yo mismo escondía.
Están ahí esperando, impacientes,
mojar sin rémora el papel;
saco entonces un puñado de hojas,
desarrugo una de ellas,
busco el lápiz en mi chaqueta y,
como un inmenso paraguas que se abre 
sin permiso
y no cierra a pesar que, con todas 
mis fuerzas, lo golpee,
caigo en la maldita cuenta
de que la mierda de lápiz que guardé
nunca tuvo tinta…

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