Inconcebible llevar una identidad
y transitar con ella por avenidas repletas de fantasmas empeñados en no
traslucirse de día, convencido de portar, enaltecido, el universo dentro tuyo,
no reparando –o disimularlo muy bien– en la insoportable fatiga que constituye
tamaño peso. Mirar atentamente a través de la conciencia, que más dolorosamente
inextirpable aparece en cuanto más celebra su presencia, la remota presencia de un
cuerpo y dotar tu movilidad interior de condiciones únicas e irrepetibles que,
sin la menor pudicia, encuentran representación en su envanecimiento,
¡vergüenza inveterada que ratifica la sanción más severa tanto para el espectador
como para el aludido! Mis ojos se crispan de rabia y desesperación cada vez que
atiendo a la sonoridad de mi paso sobre el mundo y no me cabe en un centímetro
de masa encefálica el desparpajo y la pretensión con la que caminan estos
engendros avivados por el ego a decretarse absueltos. ¿Acaso no advertiremos
nunca el tumor del yo que se inocula por toda la extensión de nuestra pequeñez
cuando despierta el apetito de un dios solipsista venerado por aquél a partir
de un ilusorio poder consistente en apropiarse, mediante su revelación, de
la realidad? Ser quien se es y no desear destruir cada rastro de lo señalado
significa, simplemente, importar un fenómeno extrínseco, domesticarlo y sacarlo
a pasear ignorándose que el collar presiona el propio cuello.
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